From Caregiver to Worker
From Caregiver to Worker
By: Kursten Holabird
Kursten Holabird is the Executive Director of SEIU Education & Support Fund (ESF) and the founder of the National Early Educator Training Center. For nearly 20 years, she has advanced early childhood education and workforce development, partnering with Family Child Care Educators to strengthen the profession through training, leadership development, and worker-centered policy.
Shawn had been running her family child care business south of Seattle for more than a decade. Like so many family child care providers, her life revolved around the children and families she served. This was especially true for Shawn as she cared for children overnight and on weekends so parents working nontraditional shifts at the local hospital could do their own essential work. Shawn's work made other work possible.
As the union organizer who worked alongside Shawn, I had the privilege of witnessing something remarkable. I watched Shawn build her union with fellow members, but I also watched her understanding of herself change. She had always seen herself as a caregiver, an educator, and a small business owner. Through organizing with her peers, she came to see herself as something else, too: a worker.
This shift of identifying as a worker is transformative on a personal and collective level.
For generations, caring for children has been treated as something women simply do rather than labor deserving of fair pay, benefits, and respect. Family child care providers know differently. They run businesses, meet licensing requirements, teach young children, support working families, and make every other sector of the economy possible. Child care is skilled, essential work.
Yet child care—and care work more broadly—has long been undervalued because it has been viewed as women's work, disproportionately performed by women, particularly women of color and immigrant women. These deeply rooted beliefs, shaped by both racism and sexism, became embedded in our laws, policies, and institutions. The result has been generations of care workers excluded from basic labor protections, paid low wages, offered few benefits, and expected to shoulder work that is essential to our economy but too often treated as invisible. The consequences of those choices remain with us today.
Joining a union creates the space for providers to challenge these assumptions. Something begins to wake up. Providers recognize that their struggles are not individual failures but the result of systems that have historically devalued care. They begin to understand that caring for and teaching children and demanding economic justice are not contradictory—they are inseparable.
They realize: I am a worker.
That identity matters because it changes what people believe is possible. Individual transformation and collective power grow together. As providers recognize the value of their own labor, they build the confidence to organize with one another, advocate for change, and improve conditions for everyone who follows.
For years, many believed family child care providers could never unionize because they are small business owners. Providers proved otherwise. They demonstrated that being self-employed does not erase the reality that they provide labor, deserve dignity, and have the right to join together to improve their working conditions.
Shawn went on to be an elected leader in her union in Washington state and negotiated one of the very first collective bargaining agreements for family child care providers. She and her fellow union members discovered that they are more than caregivers—they are workers whose voices matter. And, when they come together in a union, they don't just negotiate for better wages or benefits. They transform how they see themselves, build collective power, and help reshape a system that has too often treated care as invisible.
Our economy depends on care. It's time our policies—and our understanding of who counts as a worker—reflect that truth.
De Cuidadora a Trabajadora
Por: Kursten Holabird
Kursten Holabird es la Directora Ejecutiva de SEIU Education & Support Fund (ESF) y fundadora del National Early Educator Training Center. Desde hace casi 20 años, impulsa la educación en la primera infancia y el desarrollo de la fuerza laboral, colaborando con Educadoras de Cuidado Infantil Familiar para fortalecer la profesión mediante la capacitación, el desarrollo de liderazgo y políticas centradas en las trabajadoras y los trabajadores.
Shawn había dirigido su programa de cuidado infantil familiar al sur de Seattle durante más de una década. Como tantas proveedoras de cuidado infantil familiar, su vida giraba en torno a los niños y las familias a quienes servía. Esto era especialmente cierto en el caso de Shawn, quien cuidaba a niños durante la noche y los fines de semana para que los padres que trabajaban turnos no tradicionales en el hospital local pudieran realizar su propio trabajo esencial. El trabajo de Shawn hacía posible el trabajo de otras personas.
Como organizadora sindical que trabajó junto a Shawn, tuve el privilegio de presenciar algo extraordinario. Vi a Shawn construir su sindicato junto con otras proveedoras, pero también vi cómo cambió la forma en que se veía a sí misma. Siempre se había considerado una cuidadora, una educadora y una pequeña empresaria. Sin embargo, al organizarse junto a sus compañeras, comenzó a verse también como algo más: una trabajadora.
Ese cambio de identidad, el reconocerse como trabajadora, es transformador tanto a nivel personal como colectivo.
Durante generaciones, el cuidado de los niños ha sido tratado como algo que las mujeres simplemente hacen, en lugar de un trabajo que merece un salario justo, beneficios y respeto. Las proveedoras de cuidado infantil familiar saben que la realidad es otra. Dirigen negocios, cumplen con los requisitos de licenciamiento, educan a niños pequeños, apoyan a las familias trabajadoras y hacen posible que todos los demás sectores de la economía funcionen. El cuidado infantil es un trabajo especializado y esencial.
Sin embargo, el cuidado infantil, y el trabajo de cuidados en general, ha sido históricamente subvalorado porque se ha considerado un trabajo de mujeres, realizado de manera desproporcionada por mujeres, especialmente mujeres de color y mujeres inmigrantes. Estas creencias profundamente arraigadas, moldeadas tanto por el racismo como por el sexismo, quedaron incorporadas en nuestras leyes, políticas e instituciones. El resultado ha sido generaciones de trabajadoras del cuidado excluidas de protecciones laborales básicas, con bajos salarios, pocos beneficios y la expectativa de asumir un trabajo esencial para nuestra economía, pero que con demasiada frecuencia permanece invisible. Las consecuencias de esas decisiones siguen presentes hoy.
Afiliarse a un sindicato crea el espacio para que las proveedoras desafíen estas suposiciones.
Algo comienza a despertar. Las proveedoras reconocen que sus dificultades no son fracasos individuales, sino el resultado de sistemas que históricamente han desvalorizado el trabajo de cuidados. Empiezan a comprender que cuidar y educar a los niños, y exigir justicia económica, no son cosas opuestas: son inseparables.
Entonces se dan cuenta: Soy una trabajadora.
Esa identidad importa porque cambia lo que las personas creen que es posible. La transformación individual y el poder colectivo crecen juntos. A medida que las proveedoras reconocen el valor de su propio trabajo, desarrollan la confianza necesaria para organizarse, defender cambios y mejorar las condiciones para quienes vienen detrás.
Durante años, muchas personas creyeron que las proveedoras de cuidado infantil familiar nunca podrían sindicalizarse porque son propietarias de pequeños negocios. Las proveedoras demostraron lo contrario. Demostraron que trabajar por cuenta propia no elimina la realidad de que aportan su trabajo, merecen dignidad y tienen el derecho de unirse para mejorar sus condiciones laborales.
Shawn llegó a convertirse en una líder electa de su sindicato en el estado de Washington y negoció uno de los primeros convenios colectivos para proveedoras de cuidado infantil familiar. Ella y sus compañeras descubrieron que son mucho más que cuidadoras: son trabajadoras cuyas voces importan. Y cuando se unen en un sindicato, no solo negocian mejores salarios o beneficios. Transforman la manera en que se ven a sí mismas, construyen poder colectivo y ayudan a transformar un sistema que, durante demasiado tiempo, ha tratado el trabajo de cuidados como algo invisible.
Nuestra economía depende del cuidado. Ya es hora de que nuestras políticas, y nuestra comprensión de quién cuenta como trabajador, reflejen esa realidad.